Fotografía de Anthony Coyle

Kashtanka

Tan harto acabé de oír hablar bien de Anton Chéjov que hice lo más loco posible: comprarme el Cuentos imprescindibles de Chéjov.

Casi a diario a uno le visitan nombres de imprescindibles. En foros, revistas, tuiters… hasta en terrazas de bar.

Pero son tantos los imprescindibles, y tan pocas las 24 horas, que se hace lo que se puede. Hoy, que vivimos rodeados de imprescindibles, tampoco es plan de ponernos dramáticos con cada uno de los trenes que dejamos correr.

Que si Roland Barthes, que si Martin Amis, que si Julian Barnes, son tantos… (Este trío, por cierto, me da a mí que lleva una cantidad de meses más que prudencial bailando en bocas y plumas de todo Dios. Se ve que deben de estar de moda. Sus nombres, al menos, suenan muy bien. Suenan muy cool).

El caso es que sí, después de leer al ruso, me pareció imprescindible. Ya me siento autorizado y con poderes: señores, Chéjov es imprescindible. ¿No lo habéis leído? No tenéis ni idea de literatura.

Uno de sus cuentos, de nombre Kashtanka, puede parecer de lo más pueril si uno se limita a explicar su trama básica: la historia de una perrita que se pierde y que es adoptada por un feriante de esos que gustan de montar a los patos sobre los cerdos y que bailen a la pata coja y esas cosas.

Es de los mejores cuentos que he leído en mi vida. Buscadlo.

Digo todo esto porque hoy, de paseo por Madrid, me encontré a esta cosita desamparada, ahí llorisqueando en un portal al que parecía no querer entrar. Me recordó a la perrita Kashtanka.

Animalico.

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