Sueño sobe el desierto

Guerra en el desierto

Ahí voy yo, raspando nubes con mi todopoderoso cazabombardero mientras sobrevuelo un mar infinito, amenazante alfombra azul de muerte y sal. Estamos en guerra, o algo así, y varios cazas compañeros me acompañan, y de vez en cuando veo a uno enemigo y le disparo. Pero no le disparo con el índice, le disparo con la boca, como el que lanza pepitas de sandía. Veo cómo las balas abandonan el cañón, fluorescentes ellas, pero no sé por qué soy incapaz de darle ni una sola vez a ese puntito que es mi enemigo. Y el enemigo ya ha desaparecido, y yo comienzo a perder altura de un modo suave y alarmante, porque por más que me doy cuenta de la fatalidad, no hago nada para remediarla. Juro que entonces el mundo se contrae, se crujen las dimensiones y los sonidos me abofetean; juro que permanezco en mi mullido asiento de aviador, pero que eso ya ni es avión ni es guerra, sino la cafetería de un AVE. Es así como ha ocurrido. Siento vergüenza porque unos cuántos, café con leche en mano, han visto cómo mi avión se ha ido al garete, a dormir con los peces. Mi caza. Al siguiente parpadeo ya no hay avión ni tren. Ahora es de noche y un misterioso sistema de mareas-desagüe ha convertido el vasto océano en desierto. Aquello me maravilla tanto. La alfombra de ha vuelto color azufre. Lo acepto con la más sana de las naturalidades; del mismo modo que el sol precede a la noche, al océano le sigue su correspondiente vaciado nocturno, dejando a la vista tan solo las rocas, los cactus y las dunas del fondo de la piscina. No llevo caminando ni dos segundos cuando me encuentro a una familia de padre, madre, hijo e hija. Son guapos, jóvenes y, aunque no parecen demasiado preocupados, está claro que están en modo supervivencia: tenemos que salir de este desierto sea como sea. Están sentados en torno a una mesa y, mientras los niños miran a sus mayores con ojos de búho, los padres se debaten entre usar o no usar el teléfono. Tienen que hacer una llamada, y el orgullo les pincha. Padre: “Es que el otro día me lo dejé conectado a Internet varias horas y he consumido 60 euros. En la empresa no les ha hecho ninguna gracia”.

Finalmente su esposa le convence para hacer la llamada. Entonces, una joven pasa a nuestro lado, cargada con mochila, cansancio y ojos de desierto. Nadie le dice nada y ella sigue su camino, rumbo hacia el final del desierto. Es rubia. Guapísima.

Lo dejo escrito antes de que se me olviden más trozos (creo que había más guerra). He leído varias veces que a nadie le interesa leer un libro en el que el autor describa sus sueños. Pero esto no es una novela, sino un grito: que alguien me diga qué carajo significa todo esto.

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