Sucedió en mi calle

Mis días en Barcelona fueron felices, tristes, emocionantes, miserables pero, por encima de todo, míos. Sobrevivía en la tercera planta de un mohoso montón de ladrillos de fachada amarilla con interiores de vigas y suelos de madera. Cucarachas. El alquiler era bastante simpático para tratarse de un piso situado en el cogollo del centro de los centros: el Raval. Tenía un balcón, amado balcón, a través del cual me asomaba a la realidad funesta y miserable que lo envolvía todo. Me gustaba leer para escaparme. Cada día salía del portal con la decidida voluntad de adaptarme, de encajar y ser uno más. Positivo. Aunque me mudé a este apestoso enclave por salud económica, con el tiempo descubrí que vivir ahí me hacía mucho bien.  Los días buenos, la jungla me era simpática. Los malos eran los llamados días de nubarrones negros. Lo peor era la miseria. Lo mejor era la miseria. La tenías tan cerca que en cierto modo su presencia te facilitaba huir de ella.  El contacto constante con la inmunda sordidez de ese barrio me recordaba su existencia y cuán importante era la labor de evitarla. Sordidez de apestoso aliento actuando en mí como una vacuna-recordatorio permanente de hacia donde no debía dirigir mi vida. — ¡Socorro, policía!—, solía escuchar, tumbado en el colchón, junto al tap tap de cuatro zapatos sobre la acera en la oscuridad. — ¡Hijo de puta dame lo mío!—, etc.

A diario me enfrentaba silencioso a la Multitud: amalgama de gente pintoresca paseando, dirigiéndose a sitios, con caras obtusas, cuadriculadas. Muy poco amor. Barrio de callejuelas amarillentas y sucias entre las que se apretujaban, siempre como con prisas, extrañas gentes difuminadas que parecían sacadas de un muestrario de épocas pasadas: heroinómanos con las monedas del bolsillo contadas, chiquillos desarrapados correteando entre el zumba-zumba de los filipinos en bicicleta, siempre de un lado a otro con un piti en la boca tramando vete tú a saber qué, marroquíes y paquistaníes cerveza-beer amigo mirases donde mirases (hashís, marihuana, my friend), un millón de jovenzuelos desfasados, moderna y orgullosamente horteras, y turistas. Por encima de todo, muchos turistas de sandalias y bermudas 12 meses al año. Paseaban por Barcelona como si fuese un parque temático. Se les notaba en la mirada, en los andares, desconcertantes, como su propia existencia. A veces eran parejas en busca de tranquilidad, playa y sol mediterráneo. Otras, jovenzuelos vomitando en una esquina, borrachos de farra y droga, y otras, las dos cosas. Los veías pasear, con los ojos de un búho, sin tiempo para detenerse a mirar lo que sucedía a su alrededor, con la réflex colgando de una mano y las bolsas de la ropa colgando de la otra. A veces ocurría que me saturaba y los confundía, no sabía distinguirlos, todos me parecían ganado. Paseantes de mirada grave y bochornoso cocido de estéticas y estilos. El pelo hecho un arbusto y coronado por esas gafas multicolor tan caras que tan tristes les hacían parecer. En mis días de nubarrones negros esta gente me parecían eternos segundones de la nada. En mis días de nubarrones negros la Realidad me obligaba a quedarme encerrado en mi piso a ver la vida pasar sentado en mi balcón.

En el primero del piso de enfrente vivía una vieja bruja desgraciada que se había pasado los últimos doce años de su triste existencia aguantando los insultos y agresiones de un gordo chiflado que un día decidió invadir su hogar, y con él, su existencia. La mujer tenía una herencia y parece ser que este tipo, un barrigudo asqueroso de melena grasienta, pretendía estar ahí cerquita de ella hasta el día del entierro para llevarse los billetes bien calentitos. Una historia de amor y odio con infinidad de flecos más, matices que no vienen al caso relatar. Sólo el concepto: discusiones diarias a partir de la una de la mañana. Encima vivía una pareja de ecuatorianos. Jóvenes pero consumidos. Era habitual escuchar al bebé llorar por culpa de las discusiones de sus vecinos de Atapuerca. El marido estaba siempre en el trabajo y la mujer se pasaba el día entero en casa, siempre tendiendo ropa, vida de cautiverio en libertad. Tenía una belleza en evidente proceso de extinción que marchaba sin pausa hacia la madurez. Trataba fatal al crío, de apenas dos años el pobre. No tenía paciencia y en todo momento parecía esperar de él que se comportase con las maneras de un mayor de edad. En el último de ese edificio vivía la Charlatana. Viuda, sola y perenne en su balcón, era una maestra en el noble y a la vez dantesco arte de la captación por influencia persuasiva. Su estrategia era simple: en cuanto había localizado a su presa, a su ser humano potencialmente conversador, vomitaba comentarios en voz alta para que la escuchases. Y todo, con la mirada apuñalándote. — ¡La música siempre alta, los locos siempre gritando…pues vaya mierda calle! —gritaría sin temor, expectante a que tus pupilas le rozasen. Si la ignorabas te sentías culpable. Si la mirabas estabas perdido. Mi favorito era el que vivía encima de mí, el Guardián. Un sesentón de melena blanca y bigote. Tenía el rellano lleno de lienzos, marcos y brochas. Lo llamaba el Guardián porque solamente salía al balcón para poner orden en la calle. Mandaba callar a gritos a todo dios y se cagaba en los muertos de todo dios. Los vecinos le respetaban. Incluso la vieja y su chulo seboso transformaban los chillidos en susurros en cuanto el Guardián asomaba. Tenía para todos, niños de pelotazos en la pared incluidos.

Un rapero fracasado, un par de lesbianas cocainómanas adictas a las orgías, dos familias completas de chinos…la miseria era patente y el catálogo, surtido. Pero no quisiera yo desviarme de mi principal y prioritario foco de atención, esto es, la bruja del primero y su veinte años más joven amante/perseguidor/asesino. Y digo asesino porque en los últimos capítulos, días antes de que yo abandonase esa cloaca para volver a Madrid, comenzaron a vislumbrarse interesantes y estremecedoras informaciones acerca de la estrategia de homicidio por intoxicación mediante las usuales fogatas de material plástico y corrosivo que solía organizar el marrano en el salón. Esa vieja era la mujer a la que se follaba, a la que afanaba el dinero del bolso y a la que llenaba el piso de humo para poco a poco acabar con su vida. Yo escuchaba todas las discusiones, terribles como tormentas. No tenía más remedio, pues los alaridos se colaban por las rejas oxidadas que ventilaban ese frío y siniestro agujero cavernoso. Sentía asco y pena. Creía firmemente que estos dos seres humanos me estaban matando lentamente. Minando mi estado de ánimo con los constantes — ¡Hijo de puta, voy a matar a la loca macarra asesina prostituta de la calle Vilapiscina! —de la vieja y los — ¡¿Yooooo?! ¡Yo no te he robado nada, puta asquerosa!— del pulgoso grasiento. La vieja a veces se ponía a canturrear como una bruja conjurando una invocación. Era muy gracioso porque el otro, el muy patán, siempre respondía a esta ceremonia chillando idioteces como un cerdo, sin parar para respirar. Un ser miserable y vergonzante. Vacuna-recordatorio permanente de hacia donde no debía dirigir mi vida.

La siniestra noche en la que tuve que soportar los gritos del gorrino mientras vomitaba toda la cena fue la noche en la que decidí actuar. Hubo un antes y un después en aquella madrugada de llanto, escándalo y vergüenza. Mucha vergüenza. Me fui a dormir con los gemidos del animal de bellota fornicándose a su esclava y me desperté en mitad de la noche con los chillidos de la vieja pidiendo socorro. Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando el puerco, ahogado en gritos sordos de auxilio, comenzó a expulsar por la boca toda la grasa que contenía su cuerpo. Sus guturales quejidos de asfixia y dolor silenciaban la belleza de la luna y las estrellas,  la vieja gritaba socorro y algún que otro vecino se asomaba a curiosear. Como siempre, la policía vino y se fue. Aquel saco de mierda, aquel harapiento desgraciado que me obligó a escuchar el gargajear de su miserable estómago cada vez que lo escupía me forzó a mover ficha. A hacer cosas malas de las que aún hoy me arrepiento y pido perdón.

Al día siguiente me colé en su portal sin estrategia alguna o guion. Yo estaba fuera de mí. ¿Por qué vomitaba? ¿Por qué llevan esa clase de vida? ¿Debería matarles y acabar con su sufrimiento? A la vieja le confisqué selectivamente la correspondencia cada mañana a lo largo de mes y medio. Los trofeos más preciados fueron su factura de teléfono y su vida laboral. No sabía para qué los quería pero me hacían sentirme poderoso. Cuando hube terminado la fase de espionaje y logística pasé al ataque. Ocurrió en uno de los pocos momentos del día en los que ella abandonaba su gruta. Estaba paseando al perro, sola, callada, cuando le tiré el primer globo de agua. No vacilé nada a pesar de lo mal que me sentí nada más ver su enclenque cabecita gris ceniza empapada. Se quedó paralizada, mirando al suelo, mientras el perro le ladraba desconcertado.  Me sentí muy culpable, pero seguí haciéndolo. Aquello se convirtió en una horrenda rutina. Por algún motivo, la vieja nunca trataba de esquivar los bombazos o de descubrir quién se los propinaba. Se quedaba estoicamente de piedra. Yo entonces me imaginaba que lloraba y que el agua de los globos eran sus lágrimas.  Me la imaginaba fantaseando con su infancia, joven y radiante, recordando la felicidad y la ilusión de tiempos mejores, ahora esfumados para no volver. Me la imaginaba mirándose reflejada en el charco de llanto que iba dejando en la acera, escarbando en la etapa de su vida en la que su existencia aún no carecía de dignidad.

La cosa se me fue de las manos. Ya no eran solo globos de agua. Me ponía enfermo esa mujer y su manía de tirar basura por la ventana, así que la imité. Empecé con colillas y terminé abriéndole la cabeza con un tarro de conservas. El destino (la policía en realidad) quiso que el que pagase por mis errores fuese mi vecino el Guardián. La misma tarde que mandé a la vieja al tanatorio, cuatro mossos d’esquadra se presentaron en la casa del pintor y se lo llevaron. Sentí pena por él, pero nada más. Subí a su rellano. Habían dejado la puerta de su piso abierta y entré. No había paredes, sólo cuadros. Eran preciosos: paisajes costeros, puertos, familias en la playa… todos tenían el mar. Descubrí que también escribía. Sobre su escritorio encontré una montaña de folios titulada Vacuna-recordatorio permanente de hacia donde no debo dirigir mi vida. Era un exhaustivo análisis del aspecto, forma de ser y comportamiento de todos los vecinos de la calle. En las últimas páginas aparecía yo. Anotaciones sobre “un raro y callado muchacho que se pasa las tardes enteras fumando y leyendo en el balcón. Mustio, con la cara de alguien que se ha rendido a la vida”, y así hasta catorce folios en los que se narraba toda mi trayectoria desde que me mudé al montón de ladrillos hasta lo del desvarío de los globos de agua. Lo sabía todo, también lo del tarro. Poco después regrese a Madrid. No volví a saber nada de nadie, tampoco del Guardián. Nunca dijo nada y su silencio me hizo reflexionar. Me sentí humilde, miserable. Uno más. Por eso, y por mi Libertad, al Guardián decidí dedicarle esta narración.

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