Extraños en el bar

Me la jugué. Yo, que apenas llevaba una semana en mi nuevo puesto de trabajo, decidí salir diez minutos antes de las 22.00 horas con tal de encontrar un sitio en el que ver el clásico. Un lugar auténtico, con olor a freidora y a marido cincuentón, en el que admirar, de nuevo, un encuentro que en los últimos meses se había celebrado con tanta frecuencia que, hasta yo, que de fútbol entiendo lo mismo que de almohadas, había empezado a memorizar apellidos y alineaciones. La idea era sobrevivir a un Madrid-Barça. No sólo ver, sino también mirar, todo lo que esos 90 minutos eran capaces de provocar en relación a la raza humana tanto dentro como fuera del televisor, desde la barra de un típico establecimiento de Barcelona.

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