El hombre que quería fumar tranquilo

Un administrativo de banca de 41 años reparte propaganda electoral en la noche de revolución juvenil del 17 de mayo en la Puerta del Sol. Jesús Navas está enfadado con el Gobierno y tiene muy clara la estrategia del partido electoral al que representa: “Si en Madrid todos los fumadores votaran a mi partido sacaríamos mayoría absoluta”. Si bien comparte la indignación de los jóvenes acampados en la plaza, su ambición es más limitada; Jesús no quiere una reforma del sistema. Sólo quieren que le dejen volver a fumar. En enero de este año, recién instaurada la Ley Antitabaco que prohibe el consumo en todos los establecimientos públicos y que les “trata como a unos drogadictos”, Jesús y unos amigos decidieron fundar su propio partido político: el Partido de los Fumadores Españoles.

Me cito con él en una cafetería. Es pequeñito y de movimientos y palabras pausadas. Cuando la camarera le pregunta qué va a tomar él mira la hora y dice que un Rioja.  El único día que le venía bien era el sábado, el de la jornada de reflexión. Este vecino del barrio de Carabanchel ha logrado organizar a amigos y vecinos -fumadores y no fumadores- y formar su propia lista de 40 nombres para las elecciones locales de Madrid. El miércoles pidió vacaciones en el banco en el que trabaja para dedicarse de lleno al PARFE, del que es cabeza de lista. Con poco más de 1.800 euros de presupuesto, la campaña ha consistido en el reparto de tarjetas y en “algún que otro cartel pegado con celo en las plazas”, dice mientras sonríe como admitiendo lo utópico que suena todo. No obstante, no deja de repetir que si “hubiera dispuesto de siete u ocho días más, otra cosa habría pasado”.

Jesús, de mirada huidiza y manos nerviosas y aferradas a la copa, me habla con gran convicción de la enorme aceptación popular de sus ideas. Del 85% de gente que él asegura que le han dicho que les votará y de alguna que otra estrategia de comunicación que sobrevolaba su cabeza y que finalmente no llevó a cabo; algo relacionado con recibir una agresión en la calle para que los medios de comunicación pusieran el foco en él y su partido. Nos miramos. “No sé, podría haber hecho algo estrambótico, como poner un cigarro de dos metros encima del coche o algo así”. Tras un par de silencios la conversación retoma la senda política.

El PARFE sólo perseguía que hubiese bares donde se pueda fumar sin molestar a nadie, pero para la Junta Electoral eso no era suficiente y Jesús Navas tuvo que incluir nuevas reivindicaciones en su ideario político. Aunque el logotipo de la agrupación muestra un cigarrillo, el PARFE exige que la cámara del Senado sea reconvertida en una residencia de ancianos, que el edificio de Correos pase a ser una oficina de empleo y también lucha activamente por que no se derrumbre el estadio del Atlético de Madrid, el Vicente Calderón. Jesús, que por supuesto es colchonero, también sonríe cuando habla de este último punto. En ocasiones su rostro  pareciera confirmar que ni él se cree todo esto que me cuenta. Probablemente sea así: “ Es casi imposible sacar un concejal. Aspiramos a conseguir mil votos y sobre todo a que se nos conozca”

El domingo electoral Jesús no se despertará a ninguna hora en concreto. Desayunará y se dará una vuelta por un par de colegios para confirmar, en su condición de apoderado, que las papeletas de su agrupación están presentes y “para ver si alguien nos vota”. El tono de la conversación desciende al susurro y Jesús hace la confidencia: “Un amigo me ha dicho que en muchos colegios, a los partidos pequeños simplemente no los cuentan. Llega un momento que no los contabilizan y pasan de ellos”.

El fundador y número uno del partido que representa a los fumadores españoles fuma unos alargados y finos cigarrillos griegos. Hacemos la comparación y, efectivamente, estos exóticos filtros blancos tienen menos veneno que los convencionales. Se enciende uno. Antes de abandonar la cafetería, Jesús decide sorprenderme por última vez: “mira, presta atención a esto que te voy a decir”, dice, mientras agarra con una mano la copa vacía del Rioja que se ha tomado. Se coloca en mitad del umbral de la puerta de salida con una mano en la calle y la otra, sujetando el cigarrillo encendido, en el establecimiento: “¿Ves? Si me pongo así soy un ciudadano ilegal, y si lo hago al revés soy legal”. La camarera, que no le ha quitado el ojo desde que entró, le arrebata la copa y le clava la mirada por última vez en esa tarde.

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