El posicionamiento de la ciudadanía

El tímido anglo-andaluz que destila la trabada voz del irlandés granadino Ian Gibson rara vez evoca citas para el olvido. Esta mañana en Telecinco el célebre biógrafo de Federico García Lorca parió una sentencia con respecto al controvertido tema de las víctimas de julio del 36 que, independientemente de su apego a la realidad, invita a la reflexión: “ los vencedores de la guerra tuvieron 40 años para desenterrar a sus muertos, es hora para que el resto también pueda hacerlo”.
Si bien es posible que mi memoria impida la completa transparencia de mi recuerdo, el caso que hoy nos ocupa precisa de un entendimiento de lo que se dice, más que de un análisis cristalino del cómo se dice.

La historia de la humanidad, si bien sólo existe una, reporta innumerables sendas secundarias de lecturas y análisis en función de la óptica a través de la cual se revise. Los distintos matices que cada cual aporta, bien por puro convencimiento o por simple afán personalista, conforman las versiones alternativas de una única y pura realidad que muy posiblemente nadie haya podido abarcar jamás en todos sus ámbitos.
Con un poco de suerte el fluir del tiempo logra sustentar un mínimo de información irrebatible. El observador cauto sabrá limitar su campo de conocimiento a la información residual que yace sobre la capa más superficial de la enorme pelota de excrementos que la opinión pública y sus voces autorizadas construyen con los años, tomándola como verdadera.
Porque la historia, sea escrita por vencedores o vencidos, siempre lastra consigo unas mínimas nociones de verdad, certeza y confirmación que caen por su propio peso más tarde o más temprano, provocando contentos y descontentos por doquier.

El trozo de historia sobre el cual la justicia española ha decidido aumentar sus nociones de verdad se torna complejo y delicado. El juez de jueces que lleva el caso, que no es otro que el juez más mediático de nuestro país -con el permiso de Grande Marlaska- puede prever y entender el chaparrón de aliados y hostiles adversarios que desde el primer día se solaparon a su causa. Como dije hace unas líneas, contentos y descontentos.

Dentro de la masa de ciudadanos que muestran su posicionamiento con respecto a la orden judicial es posible encontrar multitud de formas de pensar, todas ellas matizadas, justificadas y reunidas de forma impecable coreando al unísono dentro de un determinado signo político. “Mundistas” por un lado y “paisistas” por otro, vomitan sus argumentos ebrios de convencimiento de ser portadores de la razón.

¿Por qué en lugar de mirar cada movimiento de las altas esferas a través de la lupa política de cada uno no nos respetamos un poco y somos realistas? La afirmación de Ian Gibson puede ser más o menos fiel a la realidad, pero hemos de tratar de entender y respetar su posicionamiento sin que ello repercuta en nuestra forma de ver las cosas.
¿No hay nadie capaz de aparcar sus predisposiciones y sus colores en doble fila por un instante y ser consecuente para la consecución de unos datos que lo único que hacen es completar el saber histórico?
De acuerdo en que es una cuestión delicada, pero si se obra correctamente, el potencial de información a obtener es innegablemente útil. Creo en lo perfectamente posible y factible que puede ser reabrir una investigación de esta envergadura si las personas responsables se comportasen con un mínimo de seriedad.
Pienso así porque trato de entender a los familiares que reclaman saber el paradero de sus parientes y considero humanamente comprensibles sus peticiones. Otra cosa muy distinta son las declaraciones que hoy pueden leerse en el diario Público: “La apertura de la fosa de Lorca revelará si hubo saña”. En este caso el afán puramente informativo deja paso a otro de ética y finalidad mucho más cuestionables.

El dramático matiz que acabo de verter en mi óptica sobre este asunto no hace más que tomarme como títere para ejemplificar todo el abanico de posicionamientos al que cualquier cuestión de cualquier índole se ve obligada a hacer frente. Es por ello que, porque el ser humano es diferente cuanto más compleja es la causa a debatir, existen las discrepancias. Y por lo tanto considero que todo actor que participe del juego político y social, ya sea de forma mediática o ciudadana, debería tratar de ser menos apático con el pensamiento de los demás, tolerante y sincero consigo mismo aceptando la realidad de que somos distintos y por ello mismo, aflojando un poco la presión del nudo de su ideario sin que ello repercuta en el completo desanudado de su ideología.

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