Luces en la noche


Cuando la noche hace acto de presencia, el mundo se torna anaranjado. La luz decae, y los postes se alinean como si quisiesen mostrarnos el camino correcto a seguir. Huye de los parques frondosos, de los callejones fríos y de las alturas. Algunos edificios del casco antiguo incluso portan su propia luz a modo de trofeo por haber sido testigos del fluir del tiempo en tan céntrico lugar.
Se dan goteos incesantes de gentes que vienen y van, también fugaces, para así aprovechar lo poco que le queda al día. Quizás por ello, al sucederse este desfile anónimo de almas sin un segundo que perder, a uno le da la impresión de que es la luz la verdadera protagonista de la noche. Por su ausencia natural, por su huella en la arquitectura y por su omnipresencia en una calzada más vacía de lo habitual que permite acelerar el paso de las estelas de los faros.

A medida que avanza la madrugada, esos vehículos que circulaban van progresivamente llegando a su destino dejando paso al silencio. La extinción del bullicio que trae la calma, si bien nunca completa, invita a la reflexión, y a la certeza de que si hay un momento en el que me gusta la ciudad, ese es la noche.


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