Historias en el aeropuerto

De repente lo hizo. Primero el derecho y después el izquierdo. Los allí presentes en su mayoría hicieron un esfuerzo por disimular el moderado estupor y asombro que les causó el hecho de que aquel tipo se hubiera descalzado.

Una pareja unos asientos atrás advirtió este suceso:
-¿Has visto ese? ¡Hasta aquí llega el olor de sus pies!
-Hombre cariño, la verdad es que visto lo visto, creo que es perdonable que se haya quitado los zapatos. Piensa donde estamos y el tiempo que llevamos aq…
-¡Ramón! Te lo dije antes y te lo repito ahora: Ni se te ocurra quitarte los zapatos.

La sala de espera de las salidas internacionales del aeropuerto londinense de Luton vivía a diario escenas similares con evoluciones idénticas. Era interesante estudiar el comportamiento y cómo éste variaba lo largo de la noche en los fatigados viajeros.

Aeropuertos de todo el mundo habían visto un drástico cambio en sus vuelos nocturnos ante la masiva aceptación de las compañías de bajo presupuesto.
Anteriormente eran lugares de bullicio y caos durante el día, y de relativa calma durante la noche. hora la estampa había cambiado significativamente, aumentando las horas de trabajo de los pobres empleados del Starbucks de turno.

Aquella noche una centena de personas esperaban su vuelo nocturno. Dentro de este grupo pareció haberse dado cita todo el reparto de algún telefilme de serie b relacionado con secuestros aéreos. Estaban todos: La pareja de luna de miel, el ejecutivo repeinado de semblante serio e inquebrantable, el señor gordo con sombrero tejano, receloso de tirar un solo dólar a la basura, la familia cincuentona con hijos demasiado revoltosos y el informático de turno cuyos conocimientos eran tan ricos que no tendría apenas dificultades en hacer aterrizar el avión si se viese en esa tesitura, siempre que alguien le ayudase desde la torre de control por supuesto.
Todos, orgullosos poseedores de un pasaje de precio reducido adquirido en Internet.
A nadie parecía importarle demasiado el hecho de tener que pasar toda la noche esperando en unas sillas que más que muebles parecían castigos inquisitorios, mientras los focos de la instalación imposibilitaban el sueño y el rugir de las máquinas enceradoras llenaba el silencio.

Sin embargo, cuando aquel señor de gesto serio y reservado desnudó sus pies, un tímido murmullo hizo acto de presencia por parte de algunos viajeros.
Y es que eso no se debe hacer, pensarían algunos. Hay lugares y lugares. Cada uno con sus determinadas pautas y normas mínimas de comportamiento.
Aquella sala de espera podía pasar perfectamente por una oficina de empleo o por un banco si no fuese por la ausencia de los miles de folletos publicitarios.
Entonces, ¿qué hacía de este sitio un lugar propicio para poder romper el código de normas no escritas pero de completo sentido común que nos define a nosotros, los seres humanos, como seres racionales?¿Significaría esta heroica acción el comienzo de una era en la que todos seriamos libres al fin de pedir nuestra hipoteca mientras gozamos del frío mármol del suelo si así lo quisiéramos?

No había tiempo para sumergirse en tan apasionante debate. El cansancio apremiaba en las personas allí congregadas. Orgullosas poseedoras de un pasaje de precio reducido, pero también del don de la justicia divina. Pronto eran ya cinco los héroes que regalaron a sus pies una momentánea liberación de su calzado. El señor del gorro tejano fue más allá apropiándose de una mesita, que tímidamente se alzaba 30 centímetros del suelo, apoyando sus pies en ella.

La sala de espera era ahora una acampada en toda regla. Filas de cinco bancos apilados eran ocupadas por afortunados que lograron un sitio en el que tumbarse.
Otros, simplemente dormían en el suelo de moqueta azul, a escasos metros de la cerradura del McDonalds. Con varias sudaderas debidamente atadas y apoyadas en sombrillas se improvisaron tiendas en las que resguardarse.

Los viajeros del vuelo recién llegado de Tokio con destino Barcelona y escala en Londres observaban la situación con estupor. A juzgar por los rostros de sorpresa, muchos de los ahí presentes, entre los que yo me incluyo, jurarían no haber visto nunca a un asiático con los ojos tan sumamente abiertos.

Ahora en la sala flotaba un ambiente de discreta alegría y alivio. Los anónimos viajeros no hablaban entre ellos, pero sonreían ante ese mudo e inesperado pacto de conformidad que se había acordado. Si señor, eso era justicia social. Uno se sentía bien consigo mismo en situaciones como aquella. Momentos en los que ni el respeto por un lugar público, el ir y venir de los responsables de mantenimiento o lapulcritud de sus asientos te privaba de satisfacer tus más básicas necesidades corporales.
Momentos en los que uno, sentía cierto orgullo por pertenecer a la familia de los seres humanos.

Por suerte o desgracia, el avión finalmente llegó y con él la vuelta a la realidad, y sus horribles agobios, teléfonos móviles, taxis que nunca llegan, disputas familiares, y la completa y más absoluta de las necesidades de lamerle el culo al banquero de turno para la obtención de una hipoteca. Preferiblemente, con calzado.

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